Entro ya incómodo.
No espero a que aparezca la multitud: me adelanto. Sé lo que hay y cómo funciona. Demasiada gente, demasiado ruido, demasiadas manos tocándolo todo a la vez. No es mi sitio. Nunca lo ha sido.
Y aun así, aquí estoy.
Otro domingo, otro mes cualquiera, repitiendo algo que no sabría explicar del todo. Maite no lo entiende , con razón, porque venir al Rastro para hacer lo que hago tiene poco sentido práctico. Pasear, mirar de reojo, detenerme sin detenerme del todo. No comprar nada.
O casi nada.
Camino despacio, con esa especie de vergüenza absurda que me hace observar por el rabillo del ojo, como si mirar directamente fuera comprometerme. Me acerco lo justo, lo suficiente para intuir, pero no para tocar. Hay algo en ese gesto contenido que se parece más a espiar que a buscar.
Pero mientras camino, pasan cosas.
Un libro, por ejemplo. Siempre hay un libro.
Está en una caja, mal colocado, con el lomo torcido, como si ya hubiera renunciado a que alguien lo eligiera. Y entonces empieza el desvío. Porque ese libro ya no es solo un libro. Es alguien que lo tuvo, que escribió en sus márgenes, que dobló una esquina concreta por algún motivo que ahora ya no importa. Me quedo ahí, sin cogerlo, imaginando esa otra vida que ha terminado en el suelo de una calle cualquiera.
A veces la cosa va más lejos. Me da por pensar, sin ninguna base, claro, que entre todos esos libros hay uno que no debería estar ahí. Uno valioso, olvidado por error, que ha pasado de mano en mano hasta acabar mezclado con baratijas. Y que soy yo quien lo ve. No porque sepa más, sino por pura casualidad, por ese tipo de intuiciones que solo funcionan en la cabeza de uno.
Nunca pasa.
Pero durante unos segundos… pasa.
Con los objetos es peor. Un busto de bronce, por ejemplo, pero no uno cualquiera. Tiene que venir de lejos, de Egipto o de Grecia, como si eso le diera automáticamente derecho a estar en mi escritorio. Lo imagino al lado de las plumas, mirando el café como si llevara siglos esperando ese sitio. O una lámpara antigua, de cristal de colores, de las que obligan a escribir más despacio, como si la luz tuviera algo que ver con lo que uno piensa.
No compro nada.
Pero ya lo he colocado todo en casa.
Paso también por los discos. Buceo entre vinilos de jazz con una seguridad que no se corresponde con lo que sé. Busco nombres que me suenan, otros que no, portadas que prometen algo que no sabría explicar. Chet Baker aparece a veces, como si también hubiera decidido darse una vuelta por el Rastro. Lo cojo, lo miro, le doy la vuelta y lo dejo.
Como casi todo.
El Rastro, al final, no es un sitio al que venga a buscar cosas. Es más bien un lugar donde las cosas me encuentran, pero solo mientras estoy allí. Luego se quedan donde estaban, esperando a otro, o a nadie.
Yo salgo igual que entro.
Sin bolsas, sin compras, sin pruebas de haber estado. Solo con esa incomodidad inicial, intacta.
La misma con la que entro.


1 Comentarios
A mi me ocurre lo mismo ;-)
ResponderEliminar