Historias de escritorio (el ritual del café, las plumas y los vinilos)

 


A diferencia de la cama, donde las ideas se derriten entre las sábanas, el escritorio exige cierto protocolo. Aquí no basta con esperar que algo aparezca: hay que prepararlo, convocarlo, rodearlo de gestos que lo protejan, que lo atraigan. Y para eso está el café. Que no es café, no del todo: es una especie de llave, un pequeño conjuro que me permite entrar en un espacio donde escribir se vuelve posible.


Empieza siempre igual: la taza. No cualquier taza. La que me regalaron mis hijas hace años, con letras grandes y un guiño cómplice: “I LOVE YOUR ;DAD JOKES”. La coloco a la izquierda, aunque soy diestro, para leerla constantemente. Así parece una taza para zurdos, pero a mí me sirve de recordatorio: alguien pensó en mí antes de que yo pensara en escribir. La lleno casi hasta el borde, dejando solo un chorrín de leche, lo justo para que el café no pierda intensidad ni se sienta solo.


Luego viene la pluma. Aquí la elección es casi un ritual dentro del ritual. Podría ser la Meisterstück 149, ese pequeño peso que no sale de casa y que combina un valor sentimental incalculable con un precio que ha subido más que el oro, o cualquiera de las otras: Lamy, Dupont, Waterman, Faber Castell, Inoxcrom, Kaweco, Parker… No hay elección inocente. Cada pluma tiene un carácter, un sonido, un gesto propio que influye en lo que va a surgir. No sé si he mencionado ya que tengo vicio y pasión por las plumas. Sí, es un vicio, y uno del que no quiero curarme.


Luego, el cuaderno. Aquí la dificultad se multiplica. Moleskine, Talens Art Creation, Fabriano, Amalfi, Paperblanks… Cada uno esconde posibilidades distintas, mundos distintos, tonos distintos. Elegirlo es como preparar la atmósfera: no todos permiten lo mismo, no todos aceptan lo que quiero decir en ese momento. No sé si he contado ya que tengo vicio y pasión por los cuadernos. No es exageración: es un hecho. Cada hoja guarda su promesa, y elegirla es parte del juego, parte del hechizo.


Y cuando todo está dispuesto, entra la música. Vinilo, por supuesto. Nada de digital: el vinilo exige paciencia y atención. El brazo cae con un sonido que nunca es exacto, ese chirrido inicial, la pequeña fricción antes de que la canción arranque, a veces un segundo tarde, a veces en mitad del estribillo, y yo, mientras tanto, conteniendo la respiración. Y siempre, tarde o temprano, aparece Maite desde algún rincón de la casa: “eso está dando vueltas”. Y yo sonrío, porque sí, siempre lo está. No es error, es parte del ritual.


Últimamente suena Chet Baker. Jazz suave, melancólico, insistente. No puedo explicarlo: la melodía se mezcla con el café y con la dedicatoria de la taza, con la elección de la pluma, con la textura del cuaderno. Y mientras Baker gira y gira, sin que sonido alguno salga por los altavoces, escucho de nuevo la voz de Maite: “eso está dando vueltas”. Es un recordatorio, un punto de anclaje, una señal de que incluso en medio de mi caos hay alguien observando, presente y discreta.


A veces pienso en un Camel sin filtro en la mano, o en mi vieja pipa. El tabaco daría otra textura a este momento, un humo flotando entre notas de jazz y palabras que se buscan. Pero el tabaco es peligroso, sobre todo para Maite, así que me limito a imaginarlo, como quien practica un pequeño truco de magia mental.


Este ritual, por absurdo que parezca, tiene sentido para mí. Cada objeto, cada gesto, cada elección funciona como un amplificador: la taza me recuerda, las plumas hablan, los cuadernos prometen, el vinilo gira, la música me observa y Maite me recuerda que el mundo sigue ahí afuera. Y solo entonces, con todo en su lugar, empiezo a escribir, no siempre bien, no siempre mucho, pero empiezo. A diferencia de la cama, aquí las historias no desaparecen de inmediato. Se acomodan, giran con la música y el café, se rozan con la pluma y el cuaderno. Algunas se quedan, otras escapan, pero incluso las que se van dejan un eco que se puede recuperar en otro momento, otra noche, otro ritual.


Mientras el vinilo siga girando, mientras la taza repose a mi izquierda, mientras mis plumas esperen pacientemente, mientras piense en el Camel como un fantasma acompañante, sé que las historias pueden llegar. Y aunque no todas sean memorables, aunque muchas no pasen de la mesa, mientras la música gira y Maite vuelve a decir: “eso está dando vueltas”, hay un instante, solo uno, en que todo encaja. Y eso me basta.

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