Sobre la educación (o su ausencia)




El pasado fin de semana, Maite —compañera de andanzas y silencios compartidos— y yo nos adentramos en el castañar de El Tiemblo. Hay lugares que parecen existir fuera del tiempo, y este es uno de ellos. En esta época del año, los castaños se muestran desnudos, despojados de toda apariencia, como viejos titanes que ya no necesitan impresionar a nadie. A sus pies, el suelo cruje bajo una alfombra de hojas muertas, y los robles —sus fieles escuderos— imitan ese gesto de desnudez con una dignidad callada.

Hay algo casi fantasmagórico en ese paisaje. No inquietante, sino solemne. Como si uno caminara entre memorias.

Quizá por eso duele más lo que vino después.

Nuestra siguiente parada fueron los Toros de Guisando. Cinco figuras de piedra, antiguas, erosionadas por el tiempo, pero aún cargadas de una presencia difícil de explicar. Se accede a ellas tras pagar una entrada modesta —apenas 2,5€—, una suerte de umbral simbólico que debería implicar, al menos, cierto respeto por lo que allí se conserva.

Pero no siempre es así.

Junto a los toros, un grupo conversaba en voz alta, ajeno a todo lo demás. No era tanto el volumen —aunque también— como la actitud. Ocupaban el espacio sin conciencia de estar compartiéndolo. Sin esa mínima sensibilidad que te hace dar un paso a un lado cuando alguien intenta observar, cuando alguien busca encuadrar una fotografía, cuando alguien, simplemente, quiere mirar.

Maite y yo nos vimos haciendo equilibrios absurdos, escorzos casi ridículos, intentando capturar una imagen limpia de aquellas figuras que llevan siglos en pie… mientras ellos, en apenas unos minutos, lograban desdibujar por completo la experiencia.

Antes de que este malestar tomara forma de palabras, estaba Maite.

Maite, que me acompaña sin estridencias y que suele ver lo que a mí se me escapa cuando la irritación empieza a ocupar demasiado espacio. Me dio la razón —porque la tenía—, pero no del todo el tono. No entiende que algo así llegue a enfadarme tanto. Y quizá ahí esté su valor: en recordarme, sin decirlo explícitamente, que la razón también puede perderse cuando uno se sale del tiesto y deja que un comentario, por justo que sea en el fondo, se vuelva innecesario en la forma.

Yo miro alrededor y veo falta de educación. Ella mira y ve, también, la posibilidad de no dejar que eso lo contamine todo.

Entre ambas miradas —la suya y la mía— se construye este relato.

Y aquí es donde nace este primer mensaje en una botella.

No se trata de exigir silencio absoluto ni de reclamar una especie de solemnidad impostada. Se trata de algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más escaso: educación.

Esa forma casi invisible de estar en el mundo que implica reconocer que no estás solo. Que tu presencia afecta a los demás. Que, en un lugar así, lo natural —lo verdaderamente natural— es apartarse sin que nadie tenga que pedirlo.

Porque cuando alguien tiene que decir “¿te importaría apartarte?”, algo ya se ha roto.

No es una cuestión de normas escritas. Es una cuestión de conciencia.

Y quizá eso es lo que más desconcierta: la sensación de que muchos caminan como si el mundo fuera un decorado diseñado únicamente para ellos. Sin reparar en el resto. Sin intuir siquiera que compartir un espacio implica, inevitablemente, ceder una pequeña parte de uno mismo.

Tal vez este blog nazca también por eso.

Porque hay gestos mínimos —apartar un paso, bajar la voz, mirar alrededor— que dicen mucho más de una persona que cualquier discurso grandilocuente.

Y porque, aunque parezca que estos mensajes se pierden, uno nunca sabe en qué orilla pueden terminar recalando.

O quién, al encontrarlos, decidirá —aunque sea una vez— dar ese paso a un lado.


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