La fotografía se adelantó al espejo y aparece este rostro, con sus sesenta menos tres años escritos donde la piel decidió recordar lo que la memoria, a veces, extravía. Las arrugas no parecen grietas, son senderos que alguien fue abriendo mientras perseguía preguntas más que respuestas. La barba ha ido blanqueando con la paciencia de las piedras y el cabello, obstinado, insiste en caer como si aún buscara el viento de alguna montaña antigua.
Dicen que la cara es el espejo del alma. Nunca he sabido si es verdad. Quizá la cara sea, simplemente, el mapa. El alma, en cambio, es ese viajero distraído que se pierde a propósito para descubrir caminos que no figuraban en ningún atlas.
He pasado media vida mirando huesos para imaginar personas, observando la naturaleza para entender que todo cambia sin dejar de ser, escribiendo para atrapar instantes antes de que aprendieran a desaparecer. Al final sospecho que uno no termina pareciéndose a sus años, sino a las preguntas que ha decidido no abandonar.
Si este rostro refleja algo, no es el tiempo. Es la curiosidad. Esa vieja costumbre de detenerse frente a una piedra, un árbol, un fósil o una palabra como quien acaba de encontrar una puerta entreabierta.
Eso, tal vez, sea lo único que permanece joven.
No la piel.
La mirada.


0 Comentarios