Manual (inútil) para atrapar historias que prefieren la noche

 


Hay una hora, no sabría decir cuál porque siempre llega sin pedir permiso, en la que la cabeza empieza a comportarse como si no fuera del todo mía. Suele ocurrir cuando ya apagué la luz, cuando el día quedó doblado en la silla junto a la ropa y el cuerpo, cansado, decide que es momento de rendirse.

Entonces aparecen. Las ideas, digo. O algo que se les parece.

Vienen con una claridad sospechosa, como si hubieran estado ensayando todo el día a mis espaldas. Se sientan en el borde de la cama, cruzan las piernas, las imagino con cierta elegancia, y empiezan a contar historias que, en ese instante, juro que son las mejores que he pensado nunca. Hay ritmo, hay imágenes precisas, incluso frases completas que se sostienen solas, como si alguien más las estuviera dictando desde un lugar donde todo encaja.

Pero claro, uno está debajo de las sábanas. Y levantarse implicaría romper el hechizo, admitir que hace frío, que el suelo existe, que el cuerpo pesa más de lo que parecía hace un momento. Así que negocio: “mañana lo escribo”, me digo, como si la memoria fuera un bolsillo seguro y no ese colador viejo por el que todo pasa. Las ideas asienten, o eso quiero creer, y se quedan un rato más, paseando por la habitación, probándose formas, dejando frases apoyadas en la mesilla.

Después, sin hacer ruido, se van.

A la mañana siguiente queda apenas una sensación vaga, como cuando uno recuerda que soñó algo importante pero solo conserva un color, una palabra suelta, tal vez un gesto. Intento reconstruirlo: cómo empezaba, qué frase era aquella que ahora se me escapa con la misma facilidad con la que llegó...

Sospecho que esas historias no se pierden del todo. Quizá emigran. Quizá encuentran refugio en la libreta de alguien más disciplinado, en la mesilla de un insomne que sí se levanta, que sí anota lo que las musas le susurran. Me gusta pensar que, en algún lugar, alguien escribe con una seguridad que no le pertenece del todo, como si estuviera copiando al dictado de una voz prestada.

Mientras tanto, yo sigo aquí, haciendo inventario de ausencias.

A veces dejo una libreta cerca, como quien tiende una trampa a la procrastinación. Otras me prometo que esta vez sí voy a levantarme, que no importa el frío ni el peso del sueño. Pero llega la hora, esa que no tiene nombre, y todo vuelve a empezar: las historias aparecen, se acomodan, me hablan al oído, y yo, fiel a una costumbre que ya roza la superstición, las dejo ir.

Quizá este texto no sea más que eso: la botella que sí llegó a escribirse, el resto visible de un archipiélago de relatos que prefirieron quedarse del otro lado de la noche. Y no está mal. Al fin y al cabo, alguien tiene que perder historias para que otros, tal vez, las encuentren.

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