No sé si es cosa mía o si le ocurre a más gente, pero caminar por la calle se ha convertido en una especie de slalom constante.
No hablo de multitudes en hora punta ni de avenidas imposibles. Hablo de lo cotidiano: una acera cualquiera, una tarde cualquiera, Maite y yo avanzando sin prisa… y, sin embargo, obligados a trazar curvas invisibles para no chocar con los demás.
Hay algo extraño en ese gesto repetido: uno se aparta, calcula, cede medio paso… y al otro lado no ocurre nada. Ningún ajuste, ningún mínimo desplazamiento recíproco. Como si la línea recta propia fuera innegociable.
A veces voy solo y el patrón se repite. Otras veces voy con Maite y entonces la coreografía es aún más evidente: parejas que no se deshacen ni un segundo, grupos que ocupan toda la acera como si fuera una extensión natural de su conversación, miradas que no registran la presencia ajena hasta el último instante.
Y ahí estoy yo, zigzagueando.
Maite lo vive de otra forma. Se adapta sin darle mayor importancia. Si hay que apartarse, se aparta. Si hay que detenerse, se detiene. Yo, en cambio, empiezo a notar ese leve desgaste que produce lo repetido: no el hecho en sí, sino la suma de todos los hechos.
Porque no es solo caminar.
Es la sensación de que el espacio común ha dejado de ser, precisamente, común.
No se trata de imponer normas rígidas ni de exigir una etiqueta urbana imposible. Se trata de algo más simple: esa intuición básica que te hace reconocer al otro, ajustar tu trayectoria, compartir el paso como se comparte, sin palabras, un pequeño acuerdo.
Cuando eso desaparece, la calle deja de ser un lugar de convivencia y se convierte en un tablero donde cada uno juega su propia partida sin mirar alrededor.
Y entonces caminar cansa más de lo que debería.
No por la distancia, sino por la constante negociación silenciosa en la que solo uno parece dispuesto a ceder.
Quizá exagero. O quizá no.
Pero hay días en los que uno desearía que alguien, al cruzarse, hiciera ese gesto mínimo —apenas un leve desplazamiento— que dice sin decir: “te he visto”.
Y con eso, de nuevo, bastaría.


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