Del pulgar al teclado (o cómo dejar de hacer trampas al solitario)

 


Durante un tiempo, no sabría decir cuánto porque ahí dentro el tiempo funciona de otra manera, anduve deslizando el pulgar. No es una metáfora: es casi una postura vital. El gesto repetido, automático, como si en ese movimiento se escondiera algo que estaba a punto de aparecer y nunca terminaba de hacerlo.
Scroll.
Otra vez.
Y otra.
Imágenes, frases, opiniones, certezas instantáneas. Todo pasaba rápido, lo suficiente como para no detenerse demasiado en nada, lo justo para tener la sensación de estar viendo mucho sin recordar casi nada. Y en medio de todo eso, los likes. Ese pequeño gesto que parece inocente pero que, si uno se descuida, empieza a parecerse demasiado a un intercambio.
Yo te doy, tú me das.
No siempre, claro. Pero muchas veces sí. Likes a cosas que no me interesaban demasiado, o que ni siquiera había leído del todo, con esa vaga expectativa de que, en algún punto, el gesto sería devuelto. Como hacer un favor esperando el cambio exacto. Una especie de contabilidad blanda, discreta, pero constante. Hacerse trampas al solitario, pero con público.
Y un día, tampoco hay épica aquí, me cansé. No del todo, no de golpe, pero lo suficiente como para notar que aquello no me estaba dando lo que parecía prometer. Mucho ruido, poca sustancia. Mucho gesto rápido, poca intención. Así que empecé a mirar hacia otro lado, que en realidad era un lugar bastante antiguo: los blogs.
Volver a escribir.
Pero escribir de verdad. No en el sentido grandilocuente, sino en el más simple: sentarse, pensar un poco más de la cuenta, elegir palabras sin prisa, sostener una idea más allá de dos líneas. Cambiar el pulgar por el teclado previo paso por la pluma y, sobre todo, cambiar la velocidad.
Porque aquí todo va más despacio. Y eso, al principio, desconcierta. No hay recompensa inmediata, no hay ese pequeño estímulo constante que te dice que alguien ha pasado por ahí, aunque no se haya quedado. Aquí las cosas tardan. A veces no pasa nadie. A veces alguien lee y no dice nada. Y, sin embargo, cuando ocurre, cuando alguien llega, se queda, lee y decide comentar, tiene otro peso.
No es un gesto automático.
Es tiempo.
Y eso cambia todo.
Este blog, esta bitácora de un instante, este mensaje en una botella, nace un poco de ahí. De la necesidad de escribir sin prisa, de decir solo lo que realmente me apetece decir, de hablar de lo que conozco o de lo que me interesa lo suficiente como para detenerme. Sin filtros extraños, sin la urgencia de encajar en sitio alguno, sin esperar demasiado a cambio.
O esperando otra cosa.
No un like rápido, sino algo más lento, más difícil de medir. Que alguien llegue, lea, dude, piense, y si le apetece, diga algo. O no diga nada y simplemente se lo lleve. Que el gesto no sea automático, que no sea por compromiso, que no sea parte de ningún intercambio.
Un gesto honesto, aunque sea mínimo.
Supongo que son mundos opuestos. En uno manda la velocidad, en el otro la pausa. En uno todo pasa, en el otro algo se queda, o al menos lo intenta. No digo que uno sea mejor que el otro, pero sí que, ahora mismo, necesito este.
Este ritmo.
Este silencio entre palabras.
Este escribir sin saber muy bien quién está al otro lado, pero confiando en que, si alguien encuentra la botella, será porque de verdad quiso recogerla.
Y con eso, curiosamente, me basta.

0 Comentarios