LA INDOMABLE INTELIGENCIA ARTIFICIAL

 


Siempre que escucho a alguien afirmar que la inteligencia artificial acabará sustituyendo al ser humano, o que terminará convirtiéndonos en seres pasivos, dependientes y sin creatividad, me viene a la cabeza una escena de cine. No una de naves espaciales ni de robots conquistando el planeta. Una conversación.
En ella, un psicólogo le dice a un joven prodigio que puede recitar de memoria cualquier dato sobre la Capilla Sixtina. Sabe quién la pintó, en qué fecha, qué técnicas utilizó y qué contexto histórico la rodeaba. Pero entonces le plantea una pregunta devastadora: ¿sabes qué se siente al entrar allí, levantar la vista y quedarte sin palabras al contemplar ese techo?
Y ahí está, para mí, toda la diferencia.
La inteligencia artificial es Will Hunting llevado al extremo. Posee más datos de los que cualquier ser humano podrá almacenar jamás. Puede explicarte la composición química de los pigmentos utilizados por Miguel Ángel, describir el Renacimiento con precisión enciclopédica e incluso redactar un ensayo magnífico sobre la belleza.
Pero no puede experimentar el estremecimiento.
No puede sentir el silencio de una catedral vacía.
No puede emocionarse ante un cuadro.
No puede llorar escuchando una pieza musical que le recuerde a alguien que perdió.
No puede mirar una fotografía antigua y sentir cómo un recuerdo le atraviesa el pecho.
Conoce la descripción del mundo. Nosotros lo habitamos.
Por eso nunca he compartido esas visiones apocalípticas que presentan a la IA como el futuro amo de la humanidad. Me parecen relatos que confunden capacidad de cálculo con experiencia consciente.
La inteligencia artificial puede ayudarme a escribir un artículo, pero no puede vivir la experiencia que me impulsa a escribirlo.
Puede analizar miles de cuadros en segundos, pero no pasar una tarde entera frente a uno sintiendo cómo una obra dialoga con algo íntimo que ni siquiera sabía que existía dentro de mí.
Puede generar una imagen perfecta, pero no cometer ese error inesperado que acaba convirtiéndose en el alma de una pintura.
Y es precisamente en esos errores donde habita gran parte de lo humano.
Sospecho que, lejos de destruir el valor de la creación humana, la inteligencia artificial terminará resaltándolo. Cuanto más abundante sea lo instantáneo, más valor tendrá aquello que requiera tiempo. Cuanto más accesible sea la perfección artificial, más apreciaremos la huella irrepetible de una persona.
No creo que la IA sustituya al artista.
Creo que obligará al artista a recordar qué es lo que realmente aporta.
No creo que sustituya al pensador.
Creo que le obligará a pensar mejor.
No creo que elimine la creatividad.
Creo que hará más evidente la diferencia entre generar contenido y tener algo que decir.
La verdadera amenaza nunca ha sido la herramienta. La amenaza es renunciar a utilizarla por miedo o, peor aún, utilizarla para dejar de pensar.
No la veo como un enemigo, sino como una extensión de determinadas capacidades humanas. Una herramienta formidable, quizá la más poderosa jamás creada, pero una herramienta al fin y al cabo.
Tu mueves chaval...


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